El mundo de las letras hispanas despide a uno de sus narradores más entrañables. Alfredo Bryce Echenique falleció este martes a los 87 años, dejando tras de sí una vasta obra que navegó entre el humor, la melancolía y la crítica a la alta sociedad limeña. Aunque cronológicamente cercano a los gigantes del boom, su estilo personal y su debut con la icónica Un mundo para Julius (1970) lo posicionaron como una voz fundamental del tránsito hacia el posboom, influenciada por la libertad de Cortázar y el existencialismo de Camus.
Nacido en 1939 en el seno de una familia de la aristocracia peruana, Bryce Echenique transformó sus vivencias y su árbol genealógico que incluía a presidentes y virreyes en material literario de primer orden. Su formación en Derecho y Literatura en San Marcos, sumada a su doctorado en La Sorbona, cimentaron una carrera que se repartió entre Europa y Perú. Durante décadas, desde París, Madrid y Barcelona, construyó un universo narrativo donde la oralidad y la confidencia con el lector eran protagonistas, destacando títulos como La vida exagerada de Martín Romaña y el díptico de sus Cuadernos de navegación.
A lo largo de su trayectoria, fue distinguido con galardones de prestigio internacional, incluyendo el Premio Planeta en 2002 por El huerto de mi amada y el Premio Nacional de Narrativa en España por Reo de nocturnidad. Sin embargo, su carrera también enfrentó turbulencias públicas, especialmente tras un polémico proceso judicial por plagio de artículos periodísticos en 2009. Pese a las sanciones iniciales, el autor siempre defendió su inocencia, alegando una persecución política y asegurando años más tarde que la justicia lo había absuelto definitivamente de dichos cargos.
En 2019, con la publicación de su tercer volumen de «antimemorias», Permiso para retirarme, el escritor anunció su adiós definitivo a la escritura. Su partida cierra un capítulo dorado de la literatura peruana, marcada por su capacidad para retratar la soledad y el amor con una ironía única. Le sobreviven sus historias, sus personajes errantes y ese estilo inconfundible que él mismo definió como una forma de «darle pena a la tristeza».
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