Juan B. Fernández Renowitzky: el hombre que hizo del periodismo y la política un ejercicio de rigor y servicio

A los 99 años partió Juan B. Fernández Renowitzky, figura central de la vida pública colombiana, heredero de una tradición periodística y protagonista de la historia política y cultural del Caribe y del país. Abogado de la Universidad Nacional, con estudios en filosofía, literatura y economía en la Sorbona de París y en Harvard, Fernández Renowitzky encarnó una combinación poco común de intelectual, periodista, político y diplomático.

Su vida estuvo marcada por una capacidad de gestión y una disciplina férrea. Fue alcalde de Barranquilla (1963-1965), ministro de Minas y Petróleos (1970-1971), ministro de Comunicaciones (1971-1973), embajador de Colombia en Chile durante los años del golpe de Pinochet, rector de la Universidad del Atlántico, miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 y, durante casi tres décadas, director de El Heraldo, el diario fundado por su padre, Juan Fernández Ortega.

El periodista exigente

De su paso por El Heraldo abundan anécdotas. Jaime Rueda Domínguez, periodista económico y viejo amigo, recuerda la primera instrucción que le dio el maestro:

“Evita los latinazos, yo los detesto. Eso de a priori, in fraganti, intempore. Eso no es español. En titulares, nunca”.

Esa obsesión por el buen uso del idioma marcó a generaciones de redactores. Para él, la palabra escrita era un compromiso con la claridad y la verdad. Como director, cuidaba desde la titulación hasta el acompañamiento fotográfico. “Los periódicos valen más por lo que no publican que por lo que publican”, solía repetir, recordando a su padre.

Fernández Renowitzky instauró las célebres tertulias de El Heraldo, espacios donde desfilaban figuras nacionales e internacionales, y que se volvieron referentes del debate público en la Costa Caribe. También modernizó el periódico: introdujo la impresión a color y construyó una nueva sede, consolidando a El Heraldo como uno de los medios regionales más influyentes de Colombia.

El político de la palabra y el gesto

Su carrera pública se caracterizó por la inteligencia y la firmeza. Como embajador en Chile, fue declarado persona no grata por Pinochet debido a sus posturas democráticas. En la Constituyente de 1991, defendió con convicción la autonomía de la región Caribe frente al centralismo bogotano.

Para muchos colegas, Fernández Renowitzky fue un “maestro”. Rueda recuerda con humor una frase que marcó su estilo periodístico:

“El periodista entrevista de pie. Eso de estar sentado es para las mujeres. Y el micrófono nunca se suelta, porque el que entrega el micrófono pierde el dominio de la entrevista”.

El legado

En 1994 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar a la Vida y Obra, reconocimiento a una trayectoria que unió servicio público y oficio periodístico. Décadas antes, en 1952, había sido galardonado con el prestigioso Premio María Moors Cabot de la Universidad de Columbia, uno de los más antiguos del periodismo en América.

Apasionado por el desarrollo de la región, apoyó desde sus editoriales proyectos clave como el puente Pumarejo, la hidroeléctrica de Urrá, la interconexión eléctrica de la Costa y las mejoras en acueducto y saneamiento.

El periodista José María del Castillo lo definió como “una persona muy, pero muy inteligente”. Y sus amigos, como Jaime Rueda, lo evocan con respeto y gratitud: “Era exigente, pero justo. Tenía la capacidad de hacer sentir que cada consejo era una lección de vida”.

Hoy, su ausencia deja un vacío en el periodismo, la política y la cultura. Pero también un legado vivo: el de un hombre que entendió el poder de la palabra y la responsabilidad de usarla siempre en favor de la verdad y el bien común.

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