La agonía de Temilda Vanegas: 38 años de búsqueda de su esposo desaparecido y la lucha por la identificación de sus restos

La historia de Temilda Vanegas es un desgarrador testimonio de la incansable búsqueda de la verdad y la justicia en Colombia. Desde hace 38 años, Vanegas lucha por la identificación de los restos de su esposo, Jorge Adalberto Franco Argüello, un líder social y comerciante que fue desaparecido forzosamente en 1987, en un caso colectivo que involucró a otras tres personas. A pesar de haber localizado e incluso identificado personalmente sus restos hace casi cuatro décadas, la burocracia y las complejidades del sistema han impedido su reconocimiento legal.

Jorge Adalberto Franco Argüello, de 38 años en el momento de su desaparición, era padre de tres hijos. Exdocente despedido por participar en un paro de maestros, se había dedicado al comercio de artesanías. Su desaparición ocurrió en el trayecto de Cartagena a La Plata, Magdalena, antes de llegar a su destino, a bordo de una chalupa y junto a otros comerciantes. El caso, conocido por su brutalidad, dio la vuelta al mundo, siendo escuchado por el grupo de trabajo sobre desaparición forzada de Naciones Unidas y el Equipo Argentino de Antropología Forense.

Un descubrimiento macabro y una lucha solitaria:

Temilda Vanegas se enteró de la posible ubicación de su esposo a través de una pequeña nota en el periódico El Heraldo, que mencionaba a un «abogado Jorge Adalberto Franco Arguello» enterrado como NN en el cementerio de Barranquilla. La noticia le sorprendió, pues su esposo era comerciante y el periódico había omitido detalles cruciales como su edad real.

Al visitar el cementerio, el sepulturero le indicó la fosa de un NN. Impulsada por una «macabra idea», Vanegas se armó de una lámpara, un palustre y guantes, y, escondiéndose en una bóveda hasta el anochecer, abrió la fosa y confirmó que el cuerpo era el de su esposo. Lo identificó por una característica dental única: tres dientes en la parte superior que parecían cuatro, y la ausencia de un colmillo que sabía que tenía. El informe de levantamiento del cadáver, al que tuvo acceso, detallaba la brutalidad de las torturas: quemaduras con ácido en cara y espalda, pies y manos atados con alambres de púas, ausencia de las 20 uñas, y dos impactos de bala, uno en el occipital sin orificio de salida y otro en el hombro alojado en los intestinos.

A pesar de que el cuerpo fue encontrado con su cédula y libreta militar en el bolsillo, fue enterrado como NN. Vanegas relató que la desaparición fue parte de una «política de Estado» para silenciar a quienes pensaban diferente, con la implicación del DAS rural de Pivijay, Magdalena, y paramilitares asentados en la Hacienda Santa Marta. Allí fue torturado, asesinado y su cuerpo arrojado al río Magdalena, siendo rescatado en el caño de la Ulama.

Burocracia y falta de empatía:

Desde hace 38 años, Temilda ha luchado para que la justicia, que ha cambiado de jueces a fiscales, reconociera la identidad de su esposo. A pesar de haber entregado la billetera de Jorge con sus documentos al juzgado, la exhumación legal se retrasó indefinidamente.

El año pasado, el 28 de agosto, finalmente se llevó a cabo la exhumación de los restos. Sin embargo, diez meses después, Vanegas denuncia que no hay ninguna respuesta sobre la identificación. Las muestras, según le han informado, no se analizan en Barranquilla, sino que son enviadas a Medellín, lo que complica el seguimiento. «La gente llega a estas instituciones sin un ápice de solidaridad, sensibilidad», lamentó, criticando la «resequedad» en el trato a los familiares de las víctimas.

Desafíos y peligros de la búsqueda:

Vanegas, quien cumplirá 70 años este año, expresa su preocupación de no tener vida suficiente para ver el reconocimiento de su esposo. Además, alerta sobre las precarias condiciones de los cementerios donde se entierran los NN, como el Calancala, donde la humedad de un lavadero de autos cercano podría estar destruyendo las pruebas óseas. En este sector, hay más de 2000 cadáveres enterrados unos sobre otros a lo largo de los años, lo que dificulta la preservación y la identificación.

La lucha de Temilda ha sido también una batalla personal y familiar. Ella misma fue líder social en Cartagena y Barranquilla, dirigiendo la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFAL), que tuvo que desmontarse por cuestiones de seguridad. Relató haber sido amenazada y haber tenido que huir de Barranquilla en varias ocasiones. Un estudiante, Humberto Contreras Serena, fue asesinado en la puerta de su casa, en un claro mensaje intimidatorio.

La Iglesia Católica también ha sido un obstáculo, oponiéndose a que la exhumación se diera como debía. «Los familiares estamos totalmente desprotegidos», sentenció Vanegas, criticando la falta de privacidad y accesibilidad de las oficinas de búsqueda de desaparecidos, que, en su opinión, se alejan cada vez más de las víctimas.

Sin resultados y con una nueva acción legal:

Temilda Vanegas confirmó que los restos extraídos el año pasado no han sido objeto de un informe y que aún no hay respuesta sobre su identidad legal. Aunque las muestras de ADN de sus hijos han sido tomadas para cotejarlas, el proceso se demora. La directora seccional de la unidad de búsqueda de personas desaparecidas, Alexandra Marte, no ha podido ser contactada por Vanegas.

Ante la falta de avances, Temilda Vanegas planea presentar un derecho de petición la próxima semana para conocer el estado de la investigación y, si es necesario, «reproyectar una nueva búsqueda». Sus tres hijos, incluido uno con maestría en derechos humanos, la apoyan, aunque reconocen las dificultades y la lentitud del proceso, lo que no detiene la determinación de su madre. La historia de Jorge Adalberto Franco Argüello es un recordatorio de las miles de familias en Colombia que aún esperan respuestas y justicia para sus seres queridos desaparecidos.

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