A través de redes sociales y denuncias ciudadanas, la comunidad académica ha manifestado su profunda preocupación por el estado físico de las instalaciones universitarias, vinculando el abandono actual con las secuelas de gestiones pasadas. «Tengo miedo de caminar la universidad porque he visto por fotos cómo está destruida», es el crudo testimonio de un estudiante que refleja el sentir de muchos jóvenes que, tras un periodo de crisis, se encuentran con un panorama de deterioro que va desde techos colapsados hasta zonas verdes invadidas por la maleza.
La difusión de imágenes que muestran salones con paredes agrietadas, laboratorios desvalijados y pasillos sumidos en la penumbra ha encendido las alarmas sobre la seguridad estructural y personal dentro del recinto. Según los denunciantes, el daño acumulado durante años de inestabilidad administrativa representa un riesgo latente para la integridad de quienes deben retomar sus actividades académicas. La sensación de inseguridad se ve agravada por la falta de iluminación en puntos críticos, lo que convierte el tránsito por el campus en una experiencia intimidante para el estudiantado.
Ante esta situación, los jóvenes hacen un llamado urgente para que se realice una intervención profunda que recupere la infraestructura que alguna vez fue orgullo de la región. La exigencia es clara: no basta con el retorno a la presencialidad, se requiere un entorno digno y seguro que garantice el derecho a la educación sin que el miedo sea el protagonista. Mientras tanto, la incertidumbre crece entre las familias, quienes temen que la desidia termine por arruinar definitivamente el patrimonio educativo que ha sobrevivido a décadas de controversias.
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