Expertos advierten que la política de presión arancelaria del expresidente podría generar impactos inciertos a largo plazo en la economía estadounidense.
La estrategia comercial del expresidente Donald Trump ha entrado en una nueva fase durante su segundo mandato, marcada por amenazas arancelarias y acuerdos que obligan a otros países a prometer inversiones multimillonarias para evitar penalizaciones. Sin embargo, economistas y expertos en comercio internacional se preguntan: ¿qué efectos tendrá esta política sobre la economía de EE. UU.?
La imposición de aranceles puede ofrecer ganancias inmediatas en términos de negociación, como lo muestran los recientes compromisos de inversión por parte de países como Corea del Sur, Japón y la Unión Europea. Sin embargo, muchos advierten que estas promesas son en su mayoría vagas, no exigibles, y podrían estar infladas o estructuradas de manera que no beneficien realmente al país.
Detrás de las cifras
Por ejemplo, el compromiso surcoreano de invertir 350.000 millones de dólares incluye una gran proporción de préstamos y garantías, no inversiones directas. El fondo japonés de 550.000 millones de dólares es similar, mientras que el anuncio europeo se limita a afirmar que las empresas “han expresado su interés” en invertir 600.000 millones en sectores no especificados.
“Estamos viendo un uso agresivo de los aranceles como herramienta de negociación, pero sin mecanismos sólidos para hacer cumplir las promesas obtenidas”, señala Michael Froman, exrepresentante comercial de EE. UU. “No está claro si estos acuerdos representan compromisos reales o si son gestos simbólicos diseñados para apaciguar al presidente”.
¿Están funcionando los aranceles?
Aunque los aranceles son fáciles de aplicar, las consecuencias para el consumidor estadounidense pueden ser significativas: aumentos de precios, reducción de competitividad y tensiones con aliados tradicionales. El intento de Trump por forzar inversiones extranjeras también podría convertir a EE. UU. en un socio comercial poco confiable.
“Si Estados Unidos insiste en comportarse como un mercado emergente que necesita inversiones forzadas, otros países pueden empezar a tratarlo como tal”, advierte Aaron Bartnick, extrabajador de la Casa Blanca bajo la administración Biden. “Eso puede significar condiciones más duras, menos apertura comercial y un retroceso en la reputación del país”.
Una narrativa poderosa, pero arriesgada
Para Trump, estos acuerdos son un espectáculo. Se presentan como victorias en su estilo característico de negociación agresiva, reforzando su narrativa de éxito. “Donald Trump es un narrador eficaz”, explica Daniel Ames, experto en negociación de la Universidad de Columbia. “Los países pueden estar jugando con su ego para lograr beneficios a corto plazo mientras esquivan compromisos reales”.
El riesgo, sin embargo, es que la economía de EE. UU. se vuelva más volátil y dependiente de acuerdos informales. Datos recientes del gobierno indican que en 2024 solo se invirtieron 151.000 millones de dólares en adquisiciones o expansión de empresas estadounidenses, muy lejos de las cifras anunciadas por los aliados.
¿Qué sigue?
En el corto plazo, la estrategia puede generar titulares positivos y una apariencia de fortaleza. Pero a largo plazo, puede socavar la estabilidad del comercio exterior, desalentar la inversión genuina y dejar a los consumidores estadounidenses pagando más por productos importados.
“El problema no es solo si se cumplen o no las promesas”, concluye Scott Lincicome, del Instituto Cato. “Es que EE. UU. está estableciendo un precedente peligroso: el de negociar no con aliados, sino con rehenes comerciales”.
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