El reciente lanzamiento del «Escudo de las Américas» ha dejado al descubierto una grieta diplomática y conceptual en la guerra contra las drogas. Mientras Washington articula una coalición de 17 naciones para militarizar la lucha contra el tráfico en el Atlántico y el Pacífico, la exclusión de Colombia —el mayor productor de hoja de coca del mundo— envía un mensaje de desconfianza política que fractura la unidad hemisférica. Sin embargo, el error de fondo no es solo diplomático, sino estructural: se sigue atacando la oferta como un ente aislado, ignorando que el consumo interno en Estados Unidos es el verdadero combustible de la violencia.
Las cifras son contundentes y desmitifican la narrativa de EE. UU. como víctima pasiva. Según datos de la OCDE y la UNODC, el consumo de sustancias ilícitas en territorio estadounidense ronda el 25 %, una cifra que cuadruplica el promedio global del 5.8 %. Bajo este panorama, la estrategia de seguridad de la administración Trump, que compara este despliegue con la lucha contra el Estado Islámico, parece centrarse en los síntomas y no en la enfermedad. Al priorizar la interdicción policial y judicial sobre la prevención educativa, el gigante del norte elude su responsabilidad en la arquitectura de seguridad continental.
La ausencia de Colombia en este nuevo esquema marca el fin de la era del Plan Colombia como lo conocíamos. La falta de sintonía entre la «Paz Total» de la administración Petro y la visión punitiva de Washington ha relegado al país a un rol de socio periférico. Esta desconexión es peligrosa: gran parte del conflicto contra los carteles ocurre en suelo colombiano, y desplazar al aliado estratégico principal sugiere que Estados Unidos prefiere esperar una «nueva realidad política» en Bogotá antes de coordinar acciones efectivas contra el poder logístico de las organizaciones criminales.
Para que el «Escudo de las Américas» sea algo más que una consigna mediática, debe dejar de ser un despliegue estrictamente militar. Una verdadera cruzada contra el narcotráfico requiere que las universidades y el sistema educativo estadounidense se involucren en reducir la demanda. Mientras el mercado más grande del mundo siga demandando toneladas de droga, ninguna flota en el Pacífico podrá detener un negocio cuya rentabilidad está garantizada por la adicción. Es hora de que la corresponsabilidad pase de ser un discurso diplomático a una política de salud pública real en las calles de Estados Unidos.
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